Venezuela, mundo: Get up, stand up, stand up for your rights!

“Most people think,
Great God will come from the skies
Take away everything
And make everybody feel high
But if you know what life is worth
You will look for yours on earth
And now you see the light
You stand up for your rights…” Bob Marley.

La vida es un tema sencilla, tanto que todos hablamos de ella y ninguno de nosotros sabe bien de qué se trata. Pero todos la vivimos y ninguno sabemos bien cómo hacerlo, y esto la hace complicada. Sin embargo, de lo que estamos claros es de que todos estamos en el mismo punto, aunque algunos pretendan saber de qué se trata y se atrevan a dar directrices de hacia dónde debe ir ésta la forma en la que debe ser llevada.

A pesar de esto, todos estamos conscientes de que es una decisión propia la manera en la que actuamos y existimos, ¿o no? Porque, ¿quién es quién para decirnos cómo se debe o no? Nadie está hablando de cosas concretas. Tratemos de elevarnos y acercar un tono íntimo entre ustedes y yo.

Les estoy hablando en primera persona, de tú a tú, de yo a yo. Vivo en un país que se llama Venezuela, al que muchos creerán conocer por lo que han leído, escuchado o visto en los medios de comunicación o en redes sociales; pero- y por favor no me confundan- no piensen realmente que lo comprenden. Más que todo porque los que sí vivimos y padecemos en él, tampoco lo entendemos aunque pretendemos constantemente hacer ver que sí.

No entender un país es sencillo de comprender, puesto que si se piensa bien, una nación no es más que un territorio geográfico, un pedacito de tierra de un planeta en un sistema solar cualquiera, uno parecido y distinto a otros en La Tierra, pero que lo hace particular el hecho de que en él viven, han vivido y vivirán millones de personas como en los otros países de esto que llamamos hogar.

Y si no comprendemos una vida, ¿por qué pretender que entendemos la de otros? Y más aún, ¿por qué pensar que podemos entender un territorio lleno de millones de ellas colisionando y fluctuando constantemente?

Ahora, lo que sí se puede decir, es que mi país vive un problema: sus políticos. Y sé que pensarán que todo el mundo vive este mismo problema y es muy cierto, estamos claro de ellos. Aunque lo sorprendente es que lo vivimos como una costumbre de esas que no parecemos estar dispuestos a cambiar. Sin embargo, en Venezuela- como en otros sitios del planeta- no sólo vivimos la corrupción de estos especímenes a los que nos empeñamos en llamar seres humanos, sino que padecemos lo que en otros territorios padecen y han tocado padecer: dictadores, asesinos y mafiosos.

Porque conocemos bien a estos especímenes en nuestra sociedad, los estudiamos, investigamos, tenemos información concreta acerca de cómo operan y registros infinitos de cómo lo han hecho en la historia, y lo que hemos tenido y tenemos que padecer desde que somos eso que algunos llamamos “especie inteligente”.

Pues mi país malvive su existencia y con “país” quiero decir: el hogar de millones de existencias humanas, teniendo que comer de la basura, muriendo por protestar debido q que sus vidas no dan para aquello de tener esperanza, puesto que un trabajo (ese que en el mundo capitalista parece abrir opciones y comprar casi todo) no da ni para la comida del mes, es decir subsitir, mientras la propia economía capitalista se encarga de aplicar los recortes que nadie puede evitar por los desajustes que se han hecho.

Pero sobre todo vidas… humanos que mueren, malviven y sufren, que padecen y lloran porque unos especímenes criminales, subdesarrollados evolutivamente, violentos y estúpidos quieren quedarse en el poder, porque desde que nos movemos en cavernas y descubrimos el fuego, el poder lo ha sido todo. Aquello que define que una especie viva y una muera, que una sea cazador y otra sea alimento, que una nación sea potencia o un territorio subdesarrollado.

Pues en mi país, todavía, aún con este panorama seguimos pretender seguir con nuestras “normales” vidas, como si eso existiera. Seguimos pretendiendo que nuestra existencia sigue, aunque no apreciemos el tiempo que estamos perdiendo malviviéndola. Seguimos sin levantarnos y luchar por lo que es nuestro, nuestros derechos.

Derechos que sólo definimos nosotros, porque como al hablar de vida, cuando exigimos “LIBERTAD” cada uno de nosotros tiene un concepto distinto de ella y está en nosotros contruir lo que estamos dispuestos en común a llamar derechos y libertades. La constitución, las normas y las leyes, en antaño eran regidas por jefes tribales, líderes, monarcas, dictadores… pero ahora, podemos definirlas todos, entre todos como alguna vez los soñaron los griegos y como ahora podemos sentarnos a construir.

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Una vida de mierda

Esto es lo que la mayoría de gente piensa (o expresa) cuando en el futuro se enfrasca. Cuando el porvenir está lleno de elementos que inspiran desconfianza e incertidumbre, y lo más parecido a algo bueno que pueda pasar, es que no pase nada malo. Entonces, en ese momento la vida es una mierda.

Sin embargo, cuando en el futuro, la vida se presenta como un sendero lleno de posibilidades, en el cual se pueden aprovechar oportunidades para alcanzar los objetivos y sueños que nos proponemos; en una búsqueda interminable de proyectos que nos inspiren y llenen de felicidad, entonces la vida es maravillosa…

Todo es cuestión de actitud rezan algunos dichos populares, o el típico “todo depende de cómo miras el vaso: si medio lleno o medio vacío”, marcan la sabiduría colectiva. No obstante, la realidad es algo más profundo que esto, y la existencia va más allá de lo que podemos pensar, mas no imaginar. Porque, cuando del futuro se trata y la incertidumbre abarca, la imaginación puede llevarte a líneas existenciales que son magníficas y únicas. Y si de preocuparse por algo se trata, si de este algo que hablamos es un momento del tiempo que no ha llegado, entonces ¿por qué ponerle límite a la mente cuando imaginamos cómo el futuro podría ser?

Creer en límites es no aceptar la esencia universal de que la única verdad sobre el universo y la existencia, es que es infinito. Como suena “in-fi-ni-to”, esto quiere decir que no tiene fin, que va más allá de ser y no ser, que existe y no existe a la vez, pues nunca ha dejado de ser. Y entender esta esencia, es comprender que nuestra imaginación también lo es.

Esto quiere decir, que si pensamos en aquel cavernícola nómada que emigraba de un sitio a otro y conocía a otro cavernícola extraño nómada que emigraba también de un sitio a otro, y que coincidiendo un día con el descubrimiento del fuego, encontraron en ese suceso maravilloso un momento especial para confiar y crear comunidad. Y del fuego entendieron la magia que escondía el mundo de oscuridad que los rodeaba. Y si tú piensas en él- y aceptas que eres un descendiente directo de su línea evolutiva y lo consideras un ancestro más cerca que lejano-, y te miras a ti, leyendo este blog por internet, entonces espero que seas capaz de darte cuenta en la conexión y comprendas que la existencia, el cosmos y tu imaginación sobre cómo es la vida, es infinita.

A partir de ahí, somos partículas en un viaje que fluye por todo el universo, en constante movimiento y transición desde un estado de materia a otro de energía, en un flujo infinito de trasformación y vida.

La búsqueda del diferente

La búsqueda no es siempre elegida. Y no se escoge ser distinto.

Al final, ¿quién no lo es?

 

Estar bien, no es diferente.

¿Qué es la vida?

Hacemos cosas que atentan con nuestro ser.

El tiempo pasa y con él las personas cambian.

 

¿Cómo afrontas la incertidumbre del día a día?

Sientes el fluir del tiempo

En una burbuja atemporal, me siento libre a pesar de estar encerrado

El eterno dilema de cómo aprovechar el tiempo.

El peligro de divagar.

 

¿Quién sabe lo que tiene que hacer ante el tiempo?

Caminos de libertad, ¿qué significa la libertad?

¿Cuál es el sentido de ser libre si no sabe ser libre?

Ejemplo de dignidad frente a la libertad:

No retractarse de lo que crees

Ser consecuente con lo que se piensa.

 

¿Quién sabe de qué se trata esto?

Damos por sentado lo que es vivir.

 

¿Cuál es el camino a seguir? ¿Hay algún camino?

El huraño desconectado

“Somos polvo de estrellas”, Carl Sagan.

Caminando va, como caminante que anda sin andar y sin encontrar su camino al andar. Lleva tiempo desconectado, en un proceso de desintoxicación informativa, una especie de camino del huraño, tratando de salir un poco de la cueva. Esa caverna de sombras que metaforizó ya Platón en una época y en la que se sentía tras muchos años viendo sombras y afirmando su realidad.

Hoy en día, ni de la misma realidad confía. En su proceso de desconexión ha hallado senderos por los que transitar otros estados de la realidad que le recuerdan la relatividad de esta considerada inmutable y absoluta. Ya poco le alertan y alarman las sombras que se reflejan en el fondo de la caverna en forma de noticias sensacionalistas y negativas que hablan de todo lo mal que hay en el mundo, y la energía dedicada a estas preocupaciones las ha ahorrado para dedicarlas a una paz mental que de vez en cuando le atormentan. Así ha sido el camino que decidió elegir, el sendero del huraño, en el cual miró al sol directamente, por primera vez, al salir de la caverna y que lo cegó, hasta que se adaptó y pudo volver a ver.

Las noticias son un abismo vacío de basura y polvo que se arrejuntan y arremeten en su caída a la nada más balurda. Eso que llaman información en la ciudad no es más que gritos sin sentido en un circo profano de reflexiones, moralidad, ética y trascendencia. Una especie de visceralidad que como el pan y el vino a los romanos, mantienen entretenidos a la masa en el coliseo, perdiéndose de lo que luego conocen como vida y de lo que no comprenden como existencia.

Por esa razón, él se perdía en el bosque, buscando un cielo pintado de estrellas donde sentir el infinito que en su alma yace dentro, que arremete contra la aparente imperdurabilidad del presente, un ahora tan eterno como el alma que es consciente de ella. Vive desinformado de los acontecimientos del circo de la ciudad, mas es consciente del eterno presente que está viviendo mientras reflexiona y existe.

La caverna se mueve rápidamente y con ella las sombras que se reflejan en la pared, dando una sensación de realidad absoluta a la que muchos creyentes incautos les encanta aferrarse, mientras la vida pasa a su alrededor; sin darse cuenta y sin saber muy bien qué es, hasta que se encuentran en el ocaso de una existencia que sólo al final es capaz de comprender que vivió en una cueva, mirando sombras y sin ver el sol que ahora ilumina su camino a la trascendencia.

En ese tipo de cosas reflexionaba el huraño que transita el sendero de la desinformación y desconexión, como si de una especie de proceso de desintoxicación se tratara, disfrutando del vuelo del colibrí mientras se posa en una flor como si fuese un instante tan eterno como el propio universo. “No somos más que polvo de restrellas” grita el huraño en el bosque sin que nadie, más que la naturaleza presente, lo escuchen.

Historia de un diario

Él escribía cada día que podía, apenas encontraba tiempo y el momento se prestaba, pues concebía la escritura como un acto de liberación espiritual. Se sentía en una cárcel, que llamaba sociedad, una especie de trampa natural que había configurado la existencia y de la que él trataba de escapar. Su forma: escribiendo.

No lo hacía como un acto literario, sino más bien como un diario en el cual podía dejar registro de sus ideas, incógnitas y preocupaciones, para luego encontrar espacio para reflexionarlas. En este sencillo proceso, él hallaba libertad; una clase de conexión con la energía que concebía del universo, que le permitía escapar de lo que sentía era una prisión.

No le gustaba que lo llamaran prisionero, pero todos y cada uno de los elementos con los cuales interactuaba en la sociedad, le recordaban lo que el carcelero predicaba por las calles, en las cuales todos habitaban como presos del destino que el sistema dictaba.

Al escribir sentía que se encontraba, que conectaba con su voz interior, la única que no le llamaba prisionero y quien le recordaba que era tan libre como la azarosa naturaleza que había dado pie a esta existencia. Sin embargo, comenzó a ver en su propio diario frases que le advertían que se perdía, poco a poco, página tras página, su propia voz le gritaba que se estaba adentrando en un bosque del que, tal vez, no podría salir.

Poco tardó, y mucho costó. Hasta que un día, no muy distinto a otros, con la misma presión de millones de cosas que tenía por hacer y con la sociedad exigiéndole más de lo que se sentía dispuesto a dar: abrió el diario.

Habían pasado cinco años y al releer en las palabras de la primera página, que había sido la última de su difunto diario escrito, leyó: “me estoy perdiendo”.

Y, al momento de leer esta frase, su inconsciente completó: “me perdí”.

El viaje de la Cosmos Voyager

Estábamos en una nave, vagando por el oscuro y frío espacio exterior. Ya hacía mucho tiempo que no sabíamos lo que era habitar en un planeta, nómadas perennes, en esta travesía infinita llamada vida.

Toda una sociedad regía en la nave interestelar bautizada como Cosmos Voyager, definida por los principios de la exploración espacial, la supervivencia de la especie humana y la colonización de otros planetas en búsqueda de un hogar. Muchos años luz transcurrieron desde el instante en el cual el viaje comenzó y, aunque del hogar que conocíamos no quedaba nada, de nuestro nuevo hogar forzado ya se habían forjado las bases y cimientos de toda una organización humana destinada a cumplir su objetivo.

Nos habían contado sobre el descubrimientos de un continente en la Tierra llamado América que había sido descubierto por una sociedad occidental y cuyo explorador principal había sido un ser humano llamado Colón, el cual conformó su tripulación con hombres de la calaña de ladrones, maleantes, piratas y algunos locos que decidieron unirse a tan descabellada empresa.

En el caso de la Cosmos Voyager, todo lo contrario fueron los criterios usados para elegir a su tripulación inicial, obviando algunas influencias y puestos elegidos a dedo o dinero, la mayoría tenían méritos para conformar tal tripulación, en los cuales se encontraban hombres con capacidades técnicas y físicas para resolver problemas de la nave o realizar tareas de exploración espacial si fuese necesario, además de guerreros aptos para usar armas y desarrollar tecnología acorde a las circunstancias y contextos del momento.

Para nosotros esta historia es tan antigua como la de América, porque después de años luz viajando, esta rama de la humanidad se desvió de su destino y terminó eligiendo un camino distinto al propuesto, pues en el transcurso de hallar otro hogar, el contacto con alienígenas influyó a crear tecnología y asociaciones que impulsaron un salto cuántico en las capacidades como especie.

Hoy en día la nave no es nada de lo que era: una especie de barca interestelar que cruzaba el espacio a merced del rudo y sórdido espacio exterior. La Cosmos Voyager se ha convertido en una especie de asteroide tripulado, adaptado en nave-planetaria y con la capacidad de surcar el universo con autoridad y capacidad de autosustentarse y abastecerse.

El contacto con los alienígenas Suri, duró por mucho tiempo y permitió avanzar y llegar a fronteras de lo desconocido que parecían imposibles en su momento y que hoy en día no son más que supuestos teóricos que fundamentan nuestra tecnología y que aprendemos en los sistemas de formación. También hay que admitir que el contacto con esta especie nos deshumanizó un poco en pro del objetivo de evolucionar y organizarnos como una especie más desarrollada y racional.

Yo y mi amiga Hamlet estábamos muy en contra del sistema de formación y el proceso de selección de tareas por el cual éramos sometidos y evaluados hasta demostrar nuestras capacidades y definir si debíamos ser desechados o por el contrario si nos tocaría desempeñar funciones de importancia, tras un proceso de alienación y control mental para sincronizarnos con la inteligencia matriz que definía el sendero de nuestra especie…

Dimensiones

Vivimos en una esfera.

Somos un punto.

Y la vida es un círculo.
Vivimos en una dimensión tridimensional.

Somos sólo un punto en la inmensa y basta existencia.

Y la vida es un círculo que se repite una y otra vez.
Vivimos tres diferentes dimensiones en nuestra vida: arriba, abajo y adentro.

Somos un único punto que junto a otro conforman una línea.

Y la vida vida es un círculo que no parece tener ni inicio, ni fin.
Vivimos, entonces, inmersos en una especie de proceso único que no deja de estar ligado a un todo y que parece no tener fin.

¿En cuántas dimensiones entonces vivimos?

Algo está mal

Algo está mal, se sabe, pero no se tiene claro. Algo está mal, se escucha en los bares y también en los restaurantes, pero no se tiene muy claro qué. Algo está mal, repite la gente por ahí sin saber bien a qué se refiere, pero todos parecen tener claro, que algo va mal.

En los colegios los padres no confían los profesores de sus hijos, mucho menos en la entidad educativa, sin embargo, igual mandan a sus hijos a que cumplan su papel como alumnos y les exigen ser modelos de ese sistema en el que ni ellos mismos creen y que hasta ellos mismos padecieron. ¿Por qué? Porque algo anda mal, aunque no sepan exactamente qué es.

La gente no cree en los políticos, no se fía en absoluto. Si hay algo en la sociedad cercano al mitómano clínico se halla en la política; en los bares se los desdeña y crítica, en los restaurantes se los cuestiona y ababuchea, en casa se ponen en duda cada una de las declaraciones, hasta el punto de obviarlos e ignorarlos. Los hijos saben que sus padres no creen en los políticos, no confían en ellos, pero aún así sus padres votan. ¿Por qué? Porque no queda de otra, se les escucha decir. Si la alternativa es una mierda contra una mierda, hay que elegir la que sea menos peor.

¿Por qué? Porque se sabe sin duda que algo va mal, aunque no se entiende concretamente qué.

El trabajo es lo más parecido a un suplicio, frente a él los años de escuela y universidad se recuerdan con añoranza y provocan suspiro, por el inevitable paso del tiempo. ¿Por qué? Porque si ir al colegio y la universidad ya era malo, ir al trabajo es mucho peor; un jefe insoportable, una estructura corporativa opresora, un salario que sólo baja con los años y unas condiciones que se vuelven cada vez más exigentes, dejando al trabajador cada vez más oprimido y con menos derechos. No obstante, cada día de cada jornada laboral, cada lunes que pone inicio a la semana, se sufre por el despertador, se amarga el sabor de la mañana, pero se va a trabajar y se le recuerda al hijo que es importante que se prepare, para que el día de mañana pueda conseguir un “buen” trabajo, con el cual mantenerse y sufrir así cada lunes de su vida.

¿Por qué se hace esto? Porque se sabe que algo va mal, tal vez se comprende que muy mal, pero no queda claro qué. Algo va mal y no se sabe qué, y por esto mucho menos se conoce qué es lo que se puede hacer.

Algo va mal, pero todo sigue igual. Porque aunque todos sepan que hay cosas que funcionan mal, no se sabe realmente qué hacer, sólo se tiene claro que hay que seguir actuando igual. Y así los padres les enseñan a sus hijos que algo va mal y que lo que hay que hacer, es seguir actuando igual.

Tan real como una ficción

Y pensar que somos sólo un punto que brilla en la inmensidad de la oscuridad universal. Y considerar que somos sólo un píxel en la imagen panorámica de un holograma. Somos como esa imagen del sol al atardecer, esa ilusión formada por la curvatura de la luz debido a la deformación del espacio-tiempo por la Tierra. Tal vez sólo un holograma, tan ilusorio como ese efecto, tan real como la estrella que se esconde tras él.

Un espacio que es tiempo, un entrelazamiento entre las tres dimensiones que podrían terminar siendo sólo una imagen bidimensional en un holograma tan real como el de nuestra tarjeta de crédito y tan ficticio como el de nuestro dinero. Puede ser que nuestra vida sea una falsedad vivida entre falsedades, una mentira consecuente que afrontamos con mentiras recurrentes para no afrontar la verdad y ser consecuentes.

Y al final, al final de nuestras vidas y de nuestro planeta, al final de nuestra estrella y de nuestra galaxia, al final de nuestro universo y nuestra dimensión, ¿cuál será la importancia de todo esto? De qué servirá la verdad frente a la mentira de una verdad única y absoluta, ¿qué será, entonces, de nosotros y nuestras existencias? 

Capaz y somos tan ficticios como esos átomos que conforman la materia y esas ondas que conforman la energía, capaz y ahí radica la realidad de nuestras vidas, como ese espacio entre el núcleo y los electrones de un átomo. Espacio vacío que moldea al espacio con forma que palpamos en nuestra vida empírica. Rutina ésta que se hace tan real como la imagen de nuestro reflejo en el mar, al pensar en la vida que deseamos tener y vivir la vida que parece que nos tocó poseer. Tan nuestra como el alma que da vida a nuestro cuerpo, que alimenta a sus movimientos y que impulsa su pensamiento; este recipiente que consideramos nuestro, hasta que llega el momento, esa muerte que es nuestra, y deja entonces de pertenecernos, aunque lo sintamos como si eso fuésemos nosotros. Pensando, tal vez, que sabemos qué es lo que realmente nos pertenecer.

Pero, ¿qué somos nosotros? ¿el cuerpo que funge de recipiente o el alma que funciona de motor para éste? Capaz esto que llamamos nosotros no es más que el holograma de las imágenes superpuestas que formamos con nuestra percepción de la experiencia diaria.

Y todo esto, al final de todas las cosas, cuando Dios muestre su rostro o la iluminación llegue a nosotros, o las infinitas deidades reclamen su trono, entonces todo será una ilusión tan real como esa estrella que se esconde tras la curvatura de su luz en el amanecer o tan real como el reflejo de un rostro en el mar. Capaz de identificar quiénes somos en una imagen ilusoria y de vivir una vida sin llegar a conocernos realmente por dentro. Tan real como las matemáticas que predicen los eventos físico que conforman nuestra realidad empírica y tan ilusiorias como el sueño del cual creemos despertar cada noche, proclamando con convicción: está es la realidad.

Según las malas lenguas, hay más profesores malos, que buenos

Así les escuché decir a unos jóvenes que hablaban a la salida de un restaurante, cerca de loa zona en la que vivo. Clases de física, química, materias de lengua, biología, ninguna se salvaba. Todas eran aburridas y los profesores de cada una, casualmente, eran pésimos (unos perores que otros) en el arte de la pedagogía.

Una muchacha le explicaba a otra que su profesora lo único que hacía era pasar diapositivas y leer de ellas, con un tono monótono y sin ningún dinamismo en su lenguaje gestual. Otro les comentaba que por lo menos su profe tenía un aparato proyector, en cambio el suyo ni eso, sólo sacaba un libro y leía de él, palabra por palabra, párrafo por párrafo, hasta que la hora de clase se acababa. ¡Y todo porque el lema del profesor era que con esos “aparatos” los alumnos se distraían!

El veredicto era contundente e irrevocable, además que las voces y críticas cantaban al unísono una sola afirmación que consideraban tan verdadera como la gravedad misma: sus profesores, eran malos profesores. ¿Sorpresa? En sus años de estudios, cada uno de los jóvenes ahí presentes habían tenido algún que otro profesor bueno, algún que otro (contados con los dedos, como se diría). Y obviamente, éstos habían marcado de cierta manera y de ciertas formas sus vidas y gustos académicos.

Uno de ellos pensaba que no había materias aburridas, sino malos profesores, aunque a esto replicaban que sí habían materias aburridas que no les gustaban, pero que con buenos profesores, por lo menos eran interesantes. Otra de ellos replicaba, que lo que más le molestaba de los malos pedagogos era que ni siquiera disfrutaran de su profesión en sí, es decir, de enseñar. ¿Qué sentido tenía enseñar si no te gustaba? Preguntaba angustiada. A esto muchos de ellos coincidían, no le veían sentido a pasar parte de sus vidas aburridos y cansados, haciéndoles pagar a ellos- los alumnos- su padecer diario.

Sin embargo, de todas las afirmaciones, la más grave fue decir que los profesores malos no eran lo peor, sino que había un grupo de profesores que no solamente eran malos enseñando, sino que eran maliciosos y perversos a la hora del trato con sus alumnos, buscando hacerlos pagar cuando algunos de ellos no eran de su agrado (la típica: “el profesor la tiene agarrada conmigo”) y amenazando a la primera de cambio cuando se podía.

Definitivamente los alumnos no son unos santos, entre esos jóvenes parados a la puerta del restaurante en el cual esperaban mesa, la verdad es que algunos se expresaban con tal desdén, que reflejaban un malestar frente al aprendizaje y todo lo que tuviese que ver con el sistema educativo, tal vez porque sencillamente no estaban hechos para ello o tal vez porque les han abundado los malos profesores.

No sabría en qué punto está el debate ahora mismo, porque tuve que irme y seguro ya cambiaron de tema, pero sobre lo que sí estoy convencido y no me queda la menor duda- y estoy de acuerdo con ellos- es que abundan los profesores malos; el sistema educativo es pésimo y ellos son parte del problema, reflejando la carencia que sufre el mundo en el cual esos pobre jóvenes detestan el aprendizaje y la reflexión. Y todo porque en su experiencia, pocas fueron las veces en las que se vieron inspirados. Y ahí, también me identifico yo.

 

¿Por qué no hay columpios para adultos?

Era de noche y Jimmy jugaba en el parque con sus amigos imaginarios. Era una actividad que le gustaba realizar con frecuencia, pues la soledad y el silencio que se escondían en la noche le permitían disfrutar de su imaginaria compañía. Casualmente llevaba tiempo pensando en una idea que le rondaba la cabeza, pues el columpio era de todos los objetos que había en el parque, su favorito, y se preguntaba ¿por qué los adultos no jugaban con él?

Jimmy comprendía con facilidad que los otros objetos del parque les quedaban pequeños a los adultos, además de que él mismo se aburría tras un rato de juego y era el columpio del que disfrutaba hasta altas horas con sus imaginarios amigos. Balancearse una y otra vez, sentir el viento en su rostro, escuchar el sonido de la brisa y sentir el cosquilleo de la gravedad en su estómago cuando agarraba más y más velocidad.

Sin embargo, siempre le preguntaba a sus amigos por qué los adultos no tenían columpios. Puesto que todos los días observaba como éstos llevaban a sus hijos al parque y no hacían más que sentarse a charlar- en el mejor de los casos- o simplemente a ver las pantallas de sus celulares inteligentes sin pestañear. Jimmy ya estaba acostumbrado a percibir lo esencial que era invisible para los ojos, y cuando veía a los adultos notaba una profunda tristeza y aburrimiento en sus vidas. Y él lo comprendía, sabía perfectamente lo que era aburrirse, pero siempre buscaba un juego que lo sacara de ese estado de sopor, y eso era lo que no comprendía de los adultos.

De todas, la manera más divertida de pasar el rato sin que el aburrimiento tocara a su puerta, era columpiándose. A Jimmy le gustaba imaginarse balanceándose rápidamente de un lado a otro en la superficie del planeta y sentir así la gravedad que lo ataba a la Tierra tras cada movimiento, sintiendo cómo podía dejarse llevar, como si volara. Muchas veces se imaginaba soltándose, saliendo despredido de la órbita del planeta y volando por todo el espacio, surcando las estrellas y galaxias…

Por esta razón no comprendía, por qué los adultos no tenían columpios. Él sabía, puesto que lo había hablado muchas veces con sus amigos imaginarios, que los adultos antes de ser grandes, habían sido pequeños niños como él; con una imaginación infinita, mucha energía y la curiosidad para siempre querer seguir descubriendo. Esto le hacía sospechar que algo en el camino los había cambiado, que tal vez en el proceso de crecimiento, algo más que la biología y un aumento sustancial de tamaño corporal habían tenido que ver en esta trasformación tan radical, en esta especie de aburrimiento existencial, que sus amigos imaginarios llamaban “zombificación vital”.

No obstante, Jimmy tenía una hipótesis que consideraba como una teoría muy sólida: los adultos son así, porque no tienen columpios de su altura con los cuales poder jugar. Tal vez con esto los adultos, que sólo son niños que nunca dejan de crecer, podrían volver a disfrutar del sencillo balanceo de un columpio y así dejarse volar.

La luz brilla más en la oscuridad

En la ciudad, la oscuridad escasea. Las luces artificiales se encargan de dejar a ésta reducida a unos cuantos reductos, escondidos entre las sombras de las estructuras de concreto. La oscuridad es una búsqueda que con ella trae silencio y soledad, pues sólo algunas zonas cumplen los requisitos para poder albergarla.

Pese a todo, en la oscuridad todo brilla con más intensidad, haciendo que sea más clara la incidencia de la luz, hasta de las zonas más lejanas. Como las estrellas, cuya luz se abre espacio como puntos en nuestro cielo negro y nocturno. Sin embargo, ahora hasta esa oscuridad cuesta encontrarla, pues las estrellas se ven cada vez menos frente a la invasión de la contaminación lumínica de faros, lámparas y todo objeto de la ciudad que se encargue de iluminar lo que tiene a su al rededor.

Y pensar que de la oscuridad venimos y a ella iremos. Quién diría que hace mucho tiempo ésta era quien abarcaba la mayor parte del territorio en el que habitábamos; cuando la luz del sol se escondía y sólo las estrellas se mostraban como luceros en un cielo diáfano. En la oscuridad y el silencio esos pequeños puntos lumínicos permitían imaginar qué había más allá, una vida después de la muerte quizá. Tal vez hallar a un familiar entre tantos puntos estelares.

Ahora cuesta imaginar. Tanta luz artificial hace olvidar el nivel de artificialidad en la vida que se vive, que mejor deberían ser llamadas existencias. Además de sueños e ilusiones, hasta las estrellas escasean en el teatro nocturno del cielo citadino, que con su contaminación impide poder mirar arriba y sentirse abajo entre tanta inmensidad.

¿De qué trata todo eso que se ve como luces en el firmamento? Tal vez cada familiar que ha muerto sólo representa el nacimiento de una estrella, tal vez cada existencia es una estrella que brilla iluminando su propia oscuridad.

Quién sabe, pero imaginar es tan infinito como el universo mismo, aunque la banalidad de las vidas vividas en el sistema parezca poner un límite ínfimo a nuestra realidad.

Con la oscuridad viene el silencio y como con la luz, cada sonido es realzado. Tanta luz y tanto sonido artificial, tal vez sean lo que impiden conectar con ese sonido de la naturaleza y esa luz del universo que sólo son un reflejo de la luz y el sonido que todos albergamos dentro. Porque si no, ¿qué es esa voz que se escucha en la cabeza y que es llamada conciencia? Y si no, ¿de dónde proviene esa luz que se va cuando un cuerpo queda sin vida?

Tal vez de las estrellas. O tal vez sólo importe el miserable día a día en el sistema.