Venezuela, mundo: Get up, stand up, stand up for your rights!

“Most people think,
Great God will come from the skies
Take away everything
And make everybody feel high
But if you know what life is worth
You will look for yours on earth
And now you see the light
You stand up for your rights…” Bob Marley.

La vida es un tema sencilla, tanto que todos hablamos de ella y ninguno de nosotros sabe bien de qué se trata. Pero todos la vivimos y ninguno sabemos bien cómo hacerlo, y esto la hace complicada. Sin embargo, de lo que estamos claros es de que todos estamos en el mismo punto, aunque algunos pretendan saber de qué se trata y se atrevan a dar directrices de hacia dónde debe ir ésta la forma en la que debe ser llevada.

A pesar de esto, todos estamos conscientes de que es una decisión propia la manera en la que actuamos y existimos, ¿o no? Porque, ¿quién es quién para decirnos cómo se debe o no? Nadie está hablando de cosas concretas. Tratemos de elevarnos y acercar un tono íntimo entre ustedes y yo.

Les estoy hablando en primera persona, de tú a tú, de yo a yo. Vivo en un país que se llama Venezuela, al que muchos creerán conocer por lo que han leído, escuchado o visto en los medios de comunicación o en redes sociales; pero- y por favor no me confundan- no piensen realmente que lo comprenden. Más que todo porque los que sí vivimos y padecemos en él, tampoco lo entendemos aunque pretendemos constantemente hacer ver que sí.

No entender un país es sencillo de comprender, puesto que si se piensa bien, una nación no es más que un territorio geográfico, un pedacito de tierra de un planeta en un sistema solar cualquiera, uno parecido y distinto a otros en La Tierra, pero que lo hace particular el hecho de que en él viven, han vivido y vivirán millones de personas como en los otros países de esto que llamamos hogar.

Y si no comprendemos una vida, ¿por qué pretender que entendemos la de otros? Y más aún, ¿por qué pensar que podemos entender un territorio lleno de millones de ellas colisionando y fluctuando constantemente?

Ahora, lo que sí se puede decir, es que mi país vive un problema: sus políticos. Y sé que pensarán que todo el mundo vive este mismo problema y es muy cierto, estamos claro de ellos. Aunque lo sorprendente es que lo vivimos como una costumbre de esas que no parecemos estar dispuestos a cambiar. Sin embargo, en Venezuela- como en otros sitios del planeta- no sólo vivimos la corrupción de estos especímenes a los que nos empeñamos en llamar seres humanos, sino que padecemos lo que en otros territorios padecen y han tocado padecer: dictadores, asesinos y mafiosos.

Porque conocemos bien a estos especímenes en nuestra sociedad, los estudiamos, investigamos, tenemos información concreta acerca de cómo operan y registros infinitos de cómo lo han hecho en la historia, y lo que hemos tenido y tenemos que padecer desde que somos eso que algunos llamamos “especie inteligente”.

Pues mi país malvive su existencia y con “país” quiero decir: el hogar de millones de existencias humanas, teniendo que comer de la basura, muriendo por protestar debido q que sus vidas no dan para aquello de tener esperanza, puesto que un trabajo (ese que en el mundo capitalista parece abrir opciones y comprar casi todo) no da ni para la comida del mes, es decir subsitir, mientras la propia economía capitalista se encarga de aplicar los recortes que nadie puede evitar por los desajustes que se han hecho.

Pero sobre todo vidas… humanos que mueren, malviven y sufren, que padecen y lloran porque unos especímenes criminales, subdesarrollados evolutivamente, violentos y estúpidos quieren quedarse en el poder, porque desde que nos movemos en cavernas y descubrimos el fuego, el poder lo ha sido todo. Aquello que define que una especie viva y una muera, que una sea cazador y otra sea alimento, que una nación sea potencia o un territorio subdesarrollado.

Pues en mi país, todavía, aún con este panorama seguimos pretender seguir con nuestras “normales” vidas, como si eso existiera. Seguimos pretendiendo que nuestra existencia sigue, aunque no apreciemos el tiempo que estamos perdiendo malviviéndola. Seguimos sin levantarnos y luchar por lo que es nuestro, nuestros derechos.

Derechos que sólo definimos nosotros, porque como al hablar de vida, cuando exigimos “LIBERTAD” cada uno de nosotros tiene un concepto distinto de ella y está en nosotros contruir lo que estamos dispuestos en común a llamar derechos y libertades. La constitución, las normas y las leyes, en antaño eran regidas por jefes tribales, líderes, monarcas, dictadores… pero ahora, podemos definirlas todos, entre todos como alguna vez los soñaron los griegos y como ahora podemos sentarnos a construir.

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Una vida de mierda

Esto es lo que la mayoría de gente piensa (o expresa) cuando en el futuro se enfrasca. Cuando el porvenir está lleno de elementos que inspiran desconfianza e incertidumbre, y lo más parecido a algo bueno que pueda pasar, es que no pase nada malo. Entonces, en ese momento la vida es una mierda.

Sin embargo, cuando en el futuro, la vida se presenta como un sendero lleno de posibilidades, en el cual se pueden aprovechar oportunidades para alcanzar los objetivos y sueños que nos proponemos; en una búsqueda interminable de proyectos que nos inspiren y llenen de felicidad, entonces la vida es maravillosa…

Todo es cuestión de actitud rezan algunos dichos populares, o el típico “todo depende de cómo miras el vaso: si medio lleno o medio vacío”, marcan la sabiduría colectiva. No obstante, la realidad es algo más profundo que esto, y la existencia va más allá de lo que podemos pensar, mas no imaginar. Porque, cuando del futuro se trata y la incertidumbre abarca, la imaginación puede llevarte a líneas existenciales que son magníficas y únicas. Y si de preocuparse por algo se trata, si de este algo que hablamos es un momento del tiempo que no ha llegado, entonces ¿por qué ponerle límite a la mente cuando imaginamos cómo el futuro podría ser?

Creer en límites es no aceptar la esencia universal de que la única verdad sobre el universo y la existencia, es que es infinito. Como suena “in-fi-ni-to”, esto quiere decir que no tiene fin, que va más allá de ser y no ser, que existe y no existe a la vez, pues nunca ha dejado de ser. Y entender esta esencia, es comprender que nuestra imaginación también lo es.

Esto quiere decir, que si pensamos en aquel cavernícola nómada que emigraba de un sitio a otro y conocía a otro cavernícola extraño nómada que emigraba también de un sitio a otro, y que coincidiendo un día con el descubrimiento del fuego, encontraron en ese suceso maravilloso un momento especial para confiar y crear comunidad. Y del fuego entendieron la magia que escondía el mundo de oscuridad que los rodeaba. Y si tú piensas en él- y aceptas que eres un descendiente directo de su línea evolutiva y lo consideras un ancestro más cerca que lejano-, y te miras a ti, leyendo este blog por internet, entonces espero que seas capaz de darte cuenta en la conexión y comprendas que la existencia, el cosmos y tu imaginación sobre cómo es la vida, es infinita.

A partir de ahí, somos partículas en un viaje que fluye por todo el universo, en constante movimiento y transición desde un estado de materia a otro de energía, en un flujo infinito de trasformación y vida.

Capítulo 2: me enamoré de mi dealer

Sin saber cómo, una historia había nacido entre dos desconocidos que simplemente habían coincidido, dos cuentos que se juntaron para vivir un mismo capítulo y en el que todo fue posible.

Después de la primera noche, las incógnitas eran inevitables, algo estaba presente y ambos sabíamos que en nuestra mirada se escondía la duda, ¿qué vendría ahora? ¿Sólo una casualidad? ¿Un momento efímero en la eternidad del infinito?

A pensar de esto, ambos queríamos disfrutar la mañana que habíamos amanecido juntos, antes de resolver el enigma de lo que vendría. Ella vivía el momento como un presente del que era consciente, cada día era una oportunidad de ser vida, cada segundo permitía disfrutar del placer de existir… Ella era libre y volaba muy encima de lo que yo podía.

Esa noche comprendí lo que realmente era ser libre, con ella entendí lo que no me había quedado claro hasta ahora: el existir en el presente. Amarnos como una coincidencia profunda, producto de una casualidad que había juntado a dos almas que se sentían gemelas. Y ni ella ni yo pensábamos en lo que vendría, a ninguno nos importaba, sólo queríamos disfrutar de lo que había sido y estaba siendo.

Al principio no sabíamos si el día lo pasaríamos juntos o si todo quedaría como uns dulce anécdota, pero la complicidad ayudó a vislumbrar las respuestas de todas las incógnitas y fluyendo como dos surfistas montamos las olas de un día que fue hermoso. La mañana había comenzado fresca y la jornada se mantuvo a una buena temperatura.

Ese primer día juntos descubrimos los puntos en común, nos encontramos el uno en el otro y hallamos respuestas buscadas a preguntas que no compartíamos. Descubrimos quiénes éramos y nos fuimos enamorando cada vez más de la idea que nos hicimos, hasta el punto de vernos cada vez que podíamos.

No teníamos claro nada de lo que el porvenir traería ni estábamos en busca de descubrirlo, sólo queríamos disfrutar de nuestro momento, durara lo que durara, llegara a donde llegara. Recorrimos un largo camino juntos, para el poco tiempo en que nos conocíamos.

Fugaz como ninguna, eterna como la vida, sabía que yo sería quien se quedara en el camino. A medida que fui conociendo su hermosa libertad, comprendí que yo sólo era un astronauta explorando el espacio y ella era una maravillosa estrella fugaz, un profundo cometa que no sabía si volvería a pasar, pero que me hizo eterno al mirarla cómo surcaba el universo.

Aprendí con ella a no aferrarme y no poseer, a llevar lo mínimo y necesario, el menor peso posible. Con ella entendí lo que era fluir, a disfrutar del paso del tiempo siendo conscientes del momento y disfrutando de esta vida como un sueño lúcido en el cual poder volar.

Con ella entendí que algún día moriríamos y sólo estos momentos quedarían en nuestro último dulce recuerdo. También comprendí que una premisa de vida no se cumple si la perseguimos planificando y tratando de controlar el mundo. Sabias eran sus plabras que me embelesaban, suaves eran sus besos que me encantaban, cariñosas eran sus caricias que me enamoraban, y ardiente era su mirada que tanto me encantaba.

Dos almas desnudas que se fusionaban en un dormitorio, mientras jugaban en una cama que se convertía en el cohete por el cual sentir el universo entre susurros y sonidos que envolvían la madrugada. Y así fue cada noche que sirvió de improvisación para esta obra llamada vida y que duró lo que tenía que durar…

La otra noche conocí a mi dealer

Pensaba que la perfección no existía, y capaz (seguro) estoy exagerando. Pero descubrí el amor cuando compraba ganja. La semana pasada me llevé una gran sorpresa, porque buscando entre la calle alguien a quién comprarle marihuana, descubrí a lo más parecido al amor de una vida.
Obviamente no es por la droga, aunque definitivamente es un punto positivo, pero descubrí en ella una profundidad casi gravitatoria. De repente, me sentí como un pequeño planeta girando al rededor de una hermosa y magestuosa estrella. Tal vez brillaba por el reflejo del Sol en su cuerpo, o por el estado high que llevaba, sin embargo el sentimiento fue real.
Es difícil estar en esta situación, porque el detalle estaba en que nos habíamos conocido por aquello a lo que habíamos ido: comprar weed. Y no sabía cómo podía lograr un contexto para conocernos, hasta que ella logró romper con la barrera que imposibilitaba la imaginación, y me invitó a fumar juntos.
“Yo te lo lío”, me dijo. Y yo en silencio asentí. He de confesar que verla liar un porro, fue sumamente sexy. Con soltura comenzó a esmoñar la planta, hasta dejarla perfecta para quemarla, suavemente la colocó en el papel mientras su tersas manos distribuían la yerba y colocaba el filtro que previamente había preparado con un cartón. Cuando tuvo todo listo, se acercó el porro a sus labios y, mientras me miraba, recorrió su lengua por la delgada pega del papel con sensualidad y delicadeza.
Si no estaba in love en ese momento, con ese detonante caí rendido a sus pies. Sin embargo, sólo había sido parte de un momento efímero y todavía la relación se presentaba en términos muy superficiales. No habíamos entablado conversación alguna, más allá a la respectiva de la negociación ya terminada, y lo único que mezclaba nuestras químicas era el juego de miradas que nos envolvía.
Llegó una de las mejores parte de la tarde, el atardecer se avecinaba y la jornada se presentaba cálida pero con toques de frescura que dejaba entre ver la suave brisa nocturna que corría entre las sombras. Bajo los árboles, la luz traslúcida hacía de manto tenue y arropaba nuestro baile mientras caminábamos para encontrar un puesto perfecto donde acampar en ese parque que habíamos quedado.
En mi mente pensaba “qué mágica cita a ciegas”, cuando me interrumpió su voz diciendo “este sitio es perfecto”. Su convicción fue lo suficientemente convincente para mí, y luego constaté que tenía razón y la voz de la experiencia era sabia. Conocía la zona y era un sitio por el cual ella transitaba, le encantaba recorrer sus esquinas entre sombras y brisas mientras fumaba. Todo me parecía tan poético, y su historia de vida era tan romántica. Tenía una filosofía de amar la existencia, buscaba entre la luz lo hermoso en todas las cosas, y exploraba su oscuridad entre espejos y noches a sola. Profunda como ninguna que había conocido, sencilla como ella sola, el humo corría entre su mirada y la mía, y la conversación se extendía.
Cada vez que le daba una calada, me era inevitable observarla, era hermosa y sabía que la miraba. Cada vez que pasábamos el porro para compartir el instante, sentíamos que una parte de nosotros se juntaba, como un beso de humo que flotaba. Parte de su esencia quedaba, y parte de la mía se llevaba. Nuestras manos jugaban al pasarnos la sustancia, mientras nuestras risas delataban un dedeo que aguardaba.
Latente algo callaba, y cada vez la droga más nos afectaba, hasta el punto de terminar desnudos sin nada, despojados de prejucios y tabúes, trasparentes el uno al otro conectábamos mientras compartíamos ese espacio juntos transitado. El tiempo se había ido volando y lo que fue uno, se convirtió en una noche entera de pasión eterna.
De repente, nos habíamos encontrado sin directamente buscarnos, y en de un momento a otro, pasamos de ser simples desconocidos de una transacción comercial en el mercado negro a dos almas gemelas que bailaban entre opuestos una fresca noche de verano.
Sin rumbo pero con un objetivo, fuimos a un sitio en el cual poder intimar un poco más de lo que ya había sucedido. En un instante, sus caricias recorrían mi cuerpo mientras mis manos palpaban la zona de un terreno nunca explorado, una aventura en un planeta desconocido y dos astronautas buscando vida más allá del horizonte.
Besos recorrían partes, y todo se encendía, susurros angelicales guiaban la escena, entre animales que se querían. El tiempo corría lento y cada poro de la piel tenía un sabor, y cada territorio descubierto acompañaba una sensación mágica que nos conectaba. En extasis nuestros labios chocaban, mientras nuestras lenguas jugaban a un juego que sólo dejábamos fluir por un profundo instinto que nos atraía.
El roce de su cuerpo en el mío, traslucían su suavidad junto la dureza del mío, su frío se equilibraba con mi calor y mi pasión encontraba en su parsimonia el nirvana de un efímero instante tan eterno como un orgasmo y tan profundo como el amor dejado.
Toda una dulce madrugada, en la que conocí a mi dealer, y sin saber me encontré viendo en la oscuridad una figura angelical que brillaba mientras el humo recorría parte de mi boca para llegar a su cuerpo, y su mirada traspasaba mi alma.

Rincones

Te sigo viendo en cada rincón, de esos que transito y no veo, hasta que de frente te tengo.
No te busco, lo juro, pero algo logra recordarme en cada esquina que rebusco y no comprendo.
Pensé que no verte era un tormento, sin embargo es terrible encontramos sin buscarnos, y aún así no tenernos.
O tal vez, sean imágenes que surgen en la oscuridad, y que apareces cada vez que en la tomenta de mi alma un rayo cae y rompe con todo al instante.
Dejas un aura sonora que cuesta disiparse, como el sonido de un trueno que en el cielo tanto se espande.
Cuando desaparece y la tomenta amaina, otro sentir resurge.Y un respiro me recuerda que todo son momentos, y que todos ellos pasan, y surgen en un proceso que sólo acaba un día, cuando no haya mas vida.
De repente, cruzando por una esquina vuelvo a ver tu destello, y surge el sentir de poder verte. Las gotas caer con la fresca brisa que las sopla, me traen consigo un hermoso recuerdo.
Aventura, ¡oh buscada! Quiero atravesar tus llanuras para descubrir en tus senderos, caminos nunca buscados, pero agradeciendo por haberlos encontrado.
Ganas tengo de ti, cada vez que en un rincón te miro, imagen recurrente en el día, un recuerdo vuelve a sucederse, y trae consigo la moraleja de que nuevos paisajes se avecinan, y nuevas tierras habrá por conocer.
Tal vez lo que veo no es tu recuerdo, sino la moraleja aprendida en pasadas vidas. Como esperar la tan ansiada lluvia tras una larga sequía. La brisa fresca que fluye tras tantos días de calor, y el aire humedo que arropa la sensación.
Por eso hoy te relato aquí, recuerdo de rincones infinitos que hay en la vida. Rayo brillante entre nubes negras y profundas.
Tal vez por eso te veo tanto, por doquier, porque tal vez lo que veo es la vida.
Vida recordando ser vivida.

El niño buscador

“Dale nombre a algo y será recordado, escríbelo y será eterno”, le dijo el shamán al niño en busca de respuestas, que sin saber cómo había hallado a tal sabio entre la vorágine de una jornada ajetreada, quedó profundamente agradecido por el resto de su vida.

Sin saber cómo y sin rumbo alguno había emprendido un camino en el que, sólo quería encontrar respuestas, aunque esto provocara toparse con más incógnitas. Lo cierto es que no entendía bien la pequeña casualidad que suponía el salir en búsqueda de nada para encontrar algo, sobre todo cuando sin planes ni previsiones había emprendido una aventura por senderos desconocidos que lo llevaron a la cima de una montaña.

El día comenzó como cualquier otro, pero dio un giro imprevisto cuando de repente entre media jornada una oportunidad se presentó. Muy tentado el niño, no supo negarse, pues desde que tenía razón algo desde arriba lo llamaba. Le gustaba escuchar la música que hacía bailar a luces en el cielo, observar el espectáculo de objetos no identificados que lo hacían imaginar otros mundos con otros seres, y le llenaba la paz de sentir en su alma el infinito del todo en la nada.

Por esta razón cuando se encontró con un anuncio que hablaba sobre ir a ver la lluvia de estrellas en la montaña, no dudó ni un segundo en tomar el autobús que partía hacia la cima. Nunca había visto ese espectáculo del que mucho había oído hablar y hasta leído, y mucho menos se encontraba preparado para una excursión en la montaña. A pesar de todo, la aventura comenzó y en menos de lo que pensó, terminó en la más inmensa oscuridad de una gran montaña, en la que todavía le quedaba un gran trecho hasta lo más alto. Llegó a sentir temor por la incertidumbre de la experiencia, que sólo lo tranquilizaba la energía que sentía de la naturaleza que lo llenaba.

El instinto lo fue guiando a través de un llamado que lo llevaba, a veces por zonas difíciles de escalar y otras por senderos fácilmente transitables. A veces quería ver al cielo mientras caminaba, pero las piedras en el suelo le recordaban que tenía que mirar bien los pasos que daba, y esto le hacia reflexionar sobre el equilibrio en el proceso. Al fin y al cabo, sabía que al llegar a la cima se acostaría toda la noche a ver las estrellas hasta que el Sol saliera.

En menos de lo pensado, se encontró con su destino, tan ansiado, y aunque la reflexión de que lo importante era el camino y no el destino en sí, sabía que éste no había hecho más que comenzar, porque las respuestas que buscaba no estaban tanto en la montaña, como en el cielo mismo. Lo que sucedió esa noche no lo imaginaba, y desde entonces el niño no volvió a ser el mismo.

Tras horas tratando de ver las estrellas, las nubes y el frío le dificultaron la experiencia, hasta que una buena samaritana, parecida como de la nada, le ofreció cobijo en su carpa. El cobijo ante la fresca brisa lo arropó toda la madrugada, pero el niño tenía medio cuerpo fuera pues no quería dejar de ver lo que había ido a buscar, hasta que el sueño la baja temperatura lo venció y triste buscó refugio en el calor de la carpa.

Tras un sueño profundo, una fuerte sensación de frío lo despertó. No era normal esa sensación y aunque no entendía por dónde había podido entrar tal ráfaga, trató de ignorar el llamado concentrándose en la respiración. A pesar de esto sus músculos se engarrotaban, el frío lo llenaba y de repente sintió la extraña sensación de que afuera llegaría a recuperar la temperatura si se estiraba y corría un poco por la cima de la montaña. Él sabía que era loco, puesto que ya era muy entrada la madrugada, un poco antes del alba, y no le parecía tener sentido, aunque siguió su extraño instinto.

Al abrir el cierre, sus pupilas se dilataron, una paz llenó su alma, comenzó a escuchar el sonido que hacía danzar a las estrellas, y vio impactado el negro más oscuro con las luces más brillantes y profundas que su ser había presenciado. Al salir, este espectáculo lo embelezó totalmente, y tras un eterno instante fue consciente de su propio origen como polvo de estrella entre las constelaciones de un Cosmos infinitamente hermoso.

Ya finalizando la experiencia, cuando el brillo del alba se asomaba entre los picos de la montaña y comenzaba a alumbrar parte de la cima, un extraño errante apareció para decirle lo que nunca olvidó, y que desde entonces marcó su camino: “Dale nombre a algo y será recordado, escríbelo y será eterno”. Y siguió su camino hasta desaparecer entre la oscuridad de la montaña.

Equilibrio

Sube y baja, cual chorro de agua en una fuente. Impulsado por la presión que luego cae por influjo de una gravedad inherente, pero que vuelve a subir; nunca constante, aunque siempre presente. Ni a la misma altura ni con la misma fuerza, siempre distinto aunque suela parecerse.

La vida da vueltas, eso ya está visto, pero nunca es similar a lo que ha sido. Suele cambiar cada vez que empieza un nuevo ciclo que nunca se espera. Hay momentos buenos que desaparecen cuando llegan los malos, pero que reaparecen cuando giran las tornas. Se desconoce cuándo la subida se transforma en bajada, y mucho menos se comprende cuándo la fuerza ascendente vuelve a llevar todo hacia arriba.

Tal vez son los cambios que suelen confundir, como la llegada del verano tras una fría primavera o un caluroso otoño precediendo un invierno, que puede terminar siendo tan frío como caliente en su caso, pero que por muy parecido, nunca es lo mismo. Todo termina en un círculo que acumula luz y sombra en su esencia y que guarda espacio para un equilibrio entre opuestos, que se traducen en dualidades que luego cuesta comprender, aunque se repita en la experiencia.

Es la vida un equilibrio que disfruta del azar; un aparente caos que da vueltas, sube y baja, gira y vuelve a girar, dura momentos que son buenos, alternados en instantes que son malos, con experiencias que son complejas y con sensaciones que terminan siendo felicidad. Una incomprensión es lo que siente una consciencia que experimenta un proceso cíclico eterno que recuerda a una energía fluyendo infinito entre nuestra alma y cuerpo.

Un proceso que da vueltas y no acaba, una montaña rusa que marea y cuesta entender. Eso de que nunca va a ser igual ni siempre positivo, ni siempre negativo, algunas veces neutro, pero que demuestra que cada parte de esto pertenece a un todo que nunca acaba porque siempre comienza y así hasta el infinito y más allá.

Como una eterna contradicción que se halla en equilibrio.

Canción a una estrella fugaz

Vi una estrella fugaz, mientras pensando estaba en ti, sólo por ti.

Fluyendo en el cielo andaba, surcando el infinito y ahí te vi, volando sí…

De repente buscando luces andaba yo, en un cielo oscuro y lleno de estrellas que solo me recordaban ese fugaz momento en que te vi.

Y bailando misteriosamente te sentí, cuando te vi, y no volví… A verte en ese cielo que tanto observé, toda la noche, pensando en ti.

Un instante que fue eterno, un momento, que solo un sueño, y lo percibí. Que en mi cabeza ronda tu cuerpo y en mis visiones veo tu estela, volando sí…

Y todo fue un fantasma, de una imagen que vi en tu alma y que ahora miro, buscando luces, en un cielo donde volví… A verte a ti.

Fugazmente bajo muchas otras, en un instante la más hermosa, volabas sí, libre sin… Sin esos límites que hay en mi mente en los que creía que no volvería a verte y ahí te vi, como un cometa que libre vuela y que deja su estela sin un fin.

En un segundo volvió a pasar y ahí creí, lo hice en ti. Porque infinito había sido, en la primera que te había visto, y ahí sentí… que en un sueño el imposible es es muy posible y lo que era un suceso, se convirtió en un proceso en el que volví, a creer en ti.

Todo cambia

Como la primavera cada vez que llega y se va

Estaciones que se repiten guardando la misma esencia

Cada una distinta.

¿Qué es lo que necesitamos?

Capaz agua, capaz respirar.

Tal vez nada,

Tal vez todo.

Sólo cuando no necesitas nada

Es que todo lo posees.

Pero, ¿si todo cambia, nunca somos los mismos?

Y si es así, ¿por qué esta sensación de que todo sigue igual?

Una imagen

Una ilusión

Una vida, como el amor.

Viene y se va,

Siempre presente, siempre ausente.

Como el viento en la mar,

Que fluye con el agua,

Tras corrientes invisibles que surcan el infinito

Tras un ciclo que se cumple fervientemente.

Una existencia sin sentido

Tal vez en ello radica su esencia.

¿Buscarle el sentido a algo que no lo tiene?

Tal vez, eso sea lo que no tiene sentido.

Sólo vivir…

Paso a paso.

Día a día.

Escalón a escalón, piso a piso, como un cuarto sin ascensor.

En el tercero, siempre se suspira.

Justo antes de llegar es que el peso se siente.

Todo por estar a punto.

Tan cerca de todo.

Tan cerca de nada.

Un ciclo que se repite, como la primavera cada año.

Siempre distinto.

Siempre bonito.

Nunca igual.

Nunca con fin. Un eterno fluir.

Título

Si tu vida tuviese un título, ¿cuál sería?¿Te has llegado a preguntar qué es exactamente el tema que define la historia que hasta ahora has vivido? Capaz no tiene sentido hacerlo, pero un texto sin título es como un hombre sin cabeza, por muy completo que esté, le falta algo.De todos modos es sólo una pregunta, pero si fuese necesario, ¿cuál sería el título de tu historia? Esa que vives día a día, y que ha marcado el acontecer de tu existencia por completa, esa que disfrutas o lamentas, de la que te sientes afortunado o de la que esperas que te dé más en un futuro.¿El título será el mismo para cada etapa de tu vida? ¿Crees que el título de tu historia es el igual ahora del que podría haber sido hace unos años? Preguntar por preguntar, como si fuese un acto mayéutico, de esos que producen introspección en el ser y con el cual soñó Socrates en su época.Todo está en si tú mismo te has visto al espejo y preguntado si lo que vives te gusta, y si tuvieses que ponerle nombre, ¿cuál sería? Como si te tocara imaginar que tu vida es un capítulo de Netflix y tuvieses el deber de ponerle un nombre, así fuera “Capítulo 1”.Sólo es por divagar, como un ejercicio para ti con el espejo, ¿qué te dirías a ti mismo en este momento? Es más, ¿y si tuvieses la oportunidad de decírtelo a tu yo del pasado? Y ya no te cuento, pero, ¿qué te podría decir el tú de un futuro lejano? Sería interesante escuchar los consejos de alguien tan sabio…El ejercicio se trataba de imaginar, no sé si tú, pero por lo menos yo.Y no te tomes personal el tiempo verbal aunque parezca estar dirigido a ti, es sólo porque el texto de esta historia está escrito en segunda persona del singular, pero si fuese en cualquier otro tiempo, todo sería distinto.Tan distinto como podría ser tu vida si lograras hablar con tu yo del pasado y contigo mismo en el futuro. Sólo un ejercicio de imaginación, uno que podría marcar la diferencia…O no.

Y si pudiera navegar…

Cual gaviota en el mar

Entre corrientes de agua y viento

Entre dos mundos que coexisten de forma separada

Aunque íntimamente unidos por un invisible equilibrio.

Tal vez soñar con la libertad de un océano

Infinitamente azul en el cual poder flotar

Y nadar por una masa hacia el infinito de la oscuridad

Donde las sombras de las luces bailan,

En las profundidades, mostrando el danzar de las estrellas que brillan

Al igual que la Luna ilumina, la oscuridad de un océano que refleja el negro de un espacio sin fin.

O llegar hasta el horizonte

En el cual la tierra parece plana

Y se juntan el fin con el inicio en una línea

Que a distancia parece hacerce cada vez más curva

Para recordar que el final no es más que el comienzo de una zona

Que dando vuelta, forma un globo

Pero que parece plana e infinita

Aunque termine teniendo un punto

Donde vuelve a comenzar.

Al igual que las estaciones repiten

Sin cesar

Un proceso, cada vez, nuevo

En el que se renueva de manera contínua

Una y otra vez, lo mismo.

Una y otra vez, distinto.

Espuma y arrecife

Espuma que suavemente acaricia una caliente arena.

Arrecife que guarda vida siendo hogar de miles de especies en la mar.

Tal vez yo, podré recibir ese dulce acariciar

Tal vez yo, podré ser una más.

Tal vez me llama, cual luna mueve las mareas en un vaivén

Que sólo varía

Y que siempre recuerda un ciclo

Que nunca parece acabar.

Capaz divagar cual barco surcando la aventura de explorar

Un océano con el cual puede conectar

Con un mundo que sólo conoce en leyendas

Pero con la intención de perderse en el intento de encontrar

Una verdad azul que sólo es el reflejo

De una ilusión que produce la existencia en su proceso.

Fotones disgregados en una atmósfera

Que pintan como el artista

Un azul que luego refleja

Como un espejo

El fiel océano negro,

Que luego demuestra la oscuridad de un universo.

Latente y vivo de noche.

Por un Mar formado de agua

Clara y pura,

Que se muestra trasparente

Y que esconde parte del origen de las todo.

Tal vez sólo explorar,

Tal cual un marinero:

Disfrutar de la experiencia

De surcar alta mar,

perderse,

Y ver al infinito reflejado en un horizonte

Que se engrandece con el reflejo de un universo

Que inspira ver al cielo,

Para luego querer tocar tierra firma

Y recordar, lo cerca que está la vida, constantemente, de la iluminación total.

De la misma forma que se avista, casi al llegar, casi al desvariar…

Tierra a lo lejos

Tierra en el fondo

Para luego gritar, en el proceso de extravío

Que se ha llegado al hogar.

Tal vez ha sido la mar.

El ícaro

Soblaba suave la brisa marina que surcaba la orilla de la playa, mientras su padre y él miraban tras las rejas un horizonte lejano que parecía imposible de alcanzar.

– La prisión está en nuestra mente papá, allá donde el Sol se esconde podemos llegar. Sólo es cuestión de proponérnoslo.

El padre de Ícaro reflexionaba en las palabras de su joven hijo, mientras pensaba en formas de alcanzar aquello que consideraba imposible. Siendo artista había dedicado años a distintas técnicas de la materia, era conocido como el mejor de los alquimistas que existían en el pueblo y como escultor había construído y trabajado todo tipo de obras, trasformando desde la madera hasta el metal.

Ensimismados y con la vista en el infinito cada uno de ellos tenía en la cabeza un mundo distinto; Ícaro era un soñador empedernido y le gustaba imaginar el infinito como un lugar al cual poder llegar, y la eternidad la concebía como el tiempo necesario para alcanzar ese lugar. Su padre, en cambio, era un ser pragmático con una esencia romántica, creía en la belleza como algo eterio que podía lograrse con la trasformación de una materia que concebía como plastilina con la cual poder moldear la naturaleza que tanto le atraía.

En su proceso de introspección al padre de Ícaro se le ocurrió la forma de alcanzar el tan temido Sol que se escondía en el horizonte lejano de una playa perdida, sabía que podría construir una estructura con la cual poder surcar los cielos cual gaviota en el mar, y se veía capaz de copiar a la madre naturaleza inventando unas alas que pudiesen usar.

Se encargó de reunir cuidadosamente todo aquello que necesitó para construir las alas tan anheladas, e hizo dos para poder compartir la experiencia con su amado hijo. Para él su invento no era más que otra consecución material, otra hermosa escultura, otro maravilloso experimento con el cual replicar a la madre de todas las musas: la naturaleza. Sin embargo, no sabía lo que supondría para su hijo.

Ícaro, a diferencia de su padre, vivía en el mundo de las ideas, le gustaba profundizar en sus adentros para alcanzar espacios lejanos que luego identificaba en las estrellas que observaba en las noches. Cuando su padre le mostró las alas, no supo exactamente cuál era el sentido, pero estaba dispuesto a vivir lo que sentían las aves volando en libertad por el horizonte marino.

Al ponerse las alas y decidir emprender vuelo, el padre de Ícaro le enseñó las nociones básicas que había aprendido en las pruebas previas al gran momento:

“Hijo mío, el secreto está en el justo medio de las cosas, llamado equilibrio. No has de volar ni tan bajo, porque la humedad del mar terminará por humedecer las plumas y oxidar los engranajes, ni tan alto porque el sol quemará las plumas y te cegará”.

Una vez dicho lo dicho, emprendieron el viaje. Al principio todo costaba, desde alzar vuelo y coger altura, hasta bajar y surcar las corrientes de aires que cruzaban los cielos. Pero después de un rato, Ícaro volaba tan suelto como su padre, y traspasaba las nubes como un rayo, bajando en picada ferozmente hasta llegar a tocar el agua que salpicaba su rostro, y subiendo tan alto que ni las aves llegaban a alcanzarlo.

En su vaivén su padre le gritaba a lo lejos para recordarle la premisa básica con la cual habían emprendido el vuelo, pero Ícaro como todo joven impetuoso se alejaba cada vez más, rozando el límite que tanto le habían advertido. Pasado un tiempo, en una subida brutal, el intrépido joven se quedó observando perplejo al despejarse el cielo, de la estrella que iluminaba su pequeño planeta. En ese momento, ni el planeta le parecía tan grande ni el Sol lo veía tan lejos, y de repente, el infinito le pareció tan posible como ese eterno momento en el que volando veía a una estrella tan cercana que lo dejó ciego. Sin saber bien dónde estaba, pero con el reflejo de un sol tras sus párpados cerrados, Ícaro no fue consciente de que subía hacia el límite, pasando las capas de la atmósfera, hasta llegar al punto de no retorno, en el que ya no estaba en este mundo. Para él, tras un momento fugaz de retrospectiva, vio pasar su vida, y una sensación de agradecimiento a su padre y familia, recorrieron su ser. Sin darse cuenta, se vio volando más allá del cielo que conformaba su planeta y observó el profundo negro que pintaba la oscuridad de un universo tan grande que hasta el propio sol se quedaba chiquito…

Sin embargo, su padre sólo vio como su hijo desaparecía en el cielo mientras perseguía un sueño, y luego lo vio caer en algún lugar del mar donde no pudo encontrar su cuerpo. Fue el tiempo y las corrientes marinas quienes arrastraron los restos moribundos de un deteriorado hijo, al que sólo se le reconocía la típica sonrisa que lo había caracterizado toda la vida.

Su padre entre sollozos, enterró el cuerpo y declaró al mar donde había muerto con el nombre de su hijo para recordar así por siempre el error que su más grande invento había generado.

Y su padre sólo supo lo que había conseguido, cuando se reunió con su hijo en las estrellas y éste le agradeció por el vuelo con el cual alcanzó el eterno infinito.